bien acompañada

Día del Libro 2024

« La ilusión de que algo me espera, 

de que tengo ganas de llegar.

La sensación de estar acompañada,

calorcito en el pecho,

como de hogar.

Y hablo de un libro, no se vayan a pensar.

Un libro que, de repente, es refugio y es compañía.

Que se convierte, por un tiempo, en tu lugar favorito.

Levantarte rápido al baño porque no aguantas más,

y volver a la cama corriendo para seguir por donde lo habías dejado. 

Un capítulo más, ya con los ojos borrosos de sueño. 

Esa contrariedad de querer terminarlo, pero no querer que se acabe.
Las ganas de que todo el mundo lea y experimente ese bienestar, esa compañía, ese placer.

Quien ha leído un buen libro, sabe de lo que hablo.»

laurisilva

Mención Relato de Gran Canaria
"V Concurso de Microrrelatos Noviembre Forestal"

«En mi familia, todos tenemos un mote. A mamá, que es alta y delgada, la llamamos “Palo Blanco”. Papá es bajito y barbudo, por eso le decimos “Helecho Peludo”. Y a mí, como cuando me enfado me pongo roja, me llaman “Petirrojo”. Papá a veces se pone melancólico y dice que qué sería de él, pobre “Helecho Peludo”, si no tuviera a su lado a “Palo Blanco”, que le proporciona sombra y agua de niebla. Mamá se ríe y le dice que todos somos importantes, porque juntos, formamos un bosque.»

volver a Garafía

1er premio
"V Certamen de Relato Corto Villa de Garafía"



«Cuando yo vivía en Garafía, no miraba al cielo por la noche. Ni me paraba a los pies de las tabaibas, contemplativa, como hago ahora. No me quedaba boquiabierta cuando, viajando en guagua, el chófer se veía obligado a parar porque un rebaño de cabras cruzaba la carretera. Tampoco saboreaba, con el deleite de ahora, el queso asado con mojo verde. 


Cuando yo vivía en Garafía, a mis trece o catorce años, me gustaba ir a coger guindas al monte en verano. También bajar a la costa, por esas interminables carreterillas llenas de curvas, a darme un baño en el charco de Lomada Grande o en la playa del Callejoncito. 


Más pequeña, disfrutaba subiéndome a los dragos a grabar secretos en las ramas más altas. También sacaba mi lado más aventurero construyendo “casetas” en los pinares, que a veces eran refugio para momentos de soledad y otras, un lugar para enseñarselo a alguien especial.


Es curioso que, viviendo yo allí, no me diera cuenta de este agradable olor que percibo ahora nada más llegar y que se diluye con los días. Ese perfume, como a baifo recién nacido que acaba de tomar, por vez primera, leche de su madre. 


Curioso que no me llamara la atención el tamaño de los pinos, que son los más gruesos y viejos que he visto nunca. Ahora les dedico una pausa y un halago. Sobre todo en verano, con ese olor a resina y el sonido que hace el viento entre sus copas y que da un frescor único. 


Y este silencio que escucho ahora en la noche, ¿siempre fue tan profundo? A veces, solo es interrumpido por el balido de una cabra en el fondo del barranco, el “guaña- guaña” de las pardelas y, si prestas mucha atención, por las olas, a lo lejos, arrastrando el “callao” de la orilla del mar. 


Cuando yo vivía en Garafía, no me perdía ni una verbena. Llegaba la primavera y empezaban, con el buen tiempo, una celebración tras otra. El nervio de salir de noche, de encontrarte con los compañeros del instituto, de bailar con el chico que te gustaba… La emoción de darte un beso en el banco de detrás de la iglesia, escondida, pero bajo la vista de todos.


Ahora –con ojos curiosos –quisiera volver a todas esas celebraciones y admirar cómo decoran los arcos para San Antonio del Monte, con tanto mimo y tradición. Quisiera leer con atención los cargos por los que se condena al Judas, en las fiestas del Carmen. Y también, ir en primavera a esa montaña que mira al mar y disfrutar de La Centinela. 


¡Ay! Esa Garafía que se me hizo tan pequeña y ahora me parece tan grande, tan “mundo”. ¿Será que creció? ¿Será que crecí?.»



Ese día, quizás

Microrrelato Día Internacional de La Mujer
8 de marzo 2023


«Si hay algo que nunca falta en un pueblo o en un barrio, son “los viejillos” que se sientan en bancos de la plaza o de calles transitadas. A veces se dedican a ver pasar a la gente y saludarla con un movimiento de cabeza. Otras, se juntan para jugar al dominó o a las cartas. Tranquilos, despreocupados, pasando las horas. 

Pero, ¿y dónde están “las viejillas”? 

El día en el que, también ellas, estén ahí sentadas —tranquilas, despreocupadas, pasando las horas —, ese día, quizás, la igualdad sea una realidad.» 



volver a viajar sola

Artículo publicado en el blog de viajes "Itinerarios para Itinerantes"

 «Si tienes la oportunidad de viajar, pero nadie puede acompañarte, ¿qué harías? Aralia Loiterstein Lorente nos descubre hoy, con todo detalle, las cinco fases de viajar sola/o. Esas que conoce tan bien y a las que se acaba de enfrentar de nuevo tras ocho años de su último viaje en solitario.» 

la mujer senegalesa

2º premio
Concurso "Purorrelato 2021",
Casa África


«Fatu, como cada día, se despertó al alba. Aunque no se sentía del todo bien, se arropó con el fular y, con una garrafa en la mano, caminó los diez minutos que la separaban del pozo. A la vuelta, hundiéndosele los pies en la arena a causa del peso del recipiente que llevaba en la cabeza, pasó por la tienda a comprar pan. Encendió el fuego, calentó agua y preparó cuatro bocadillos con la salsa de cebolla que había sobrado de la noche anterior. Su marido y sus tres hijos aún dormían y Fatu los despertó uno a uno con cariño. Los cuatro se asearon en una palangana que ella ya había dispuesto y se sentaron en la alfombra para desayunar. El marido no tardó en irse, pues empezaba su jornada laboral en el campo. Fatu vistió a los tres pequeños, preparó sus mochilas y los acompañó a la escuela. Volvió a casa a pie, con paso ligero y haciendo obligatorias pausas a causa de los pinchazos que empezaba a experimentar en el bajo vientre. Lavó la loza del desayuno, cogió su bolso y se dirigió a la carretera principal para tomar un transporte. Subió en un taxi compartido que hizo innumerables paradas antes de llegar a destino. Con cada bache o frenazo Fatu respiraba para controlar el dolor, que iba en aumento. Cogiendo el bolso con una mano y poniéndose la otra en la barriga, bajó del coche con dificultad y cruzó la calle, entre camionetas, hasta llegar a la puerta del hospital. Dos horas después, Fatu dio a luz a su cuarta hija, Mariama.»


 

el instante previo

Finalista en "IX Concurso Sensaciones y Sentidos", Diversidad Literaria

«Justo en el momento en el que una gota de rocío cayó, una flor se abrió para recibirla. El contacto provocó un latir en el pistilo, que comenzó a humedecerse. La gota resbaló suavemente y muy despacio, con la tensión justa, con la temperatura perfecta, por el interior de la flor. Un estremecer de estambres, unos pétalos hinchados, un néctar caliente que emana sin remedio.»



día de Canarias

2º premio
"II Concurso de Microrrelatos Villa de Garafía"


«Duermo en la habitación de la gran ventana, la que está en el segundo piso del único edificio del pueblo que tiene un segundo piso, justo encima de la parada de guaguas.

Abro los ojos, es de día. Observo lo cuidadosamente colocado que está mi traje típico sobre la silla de la alcoba. Miro el reloj. Son las diez, ¡las diez!. Perdí el viaje.  

Desde un ladito y con la cortina echada, para yo ver sin que me vean, me acerco a golifiar. Van subiendo, con sus monteras y sus gasas, a la guagua que se va a la fiesta. Y yo despeinada.

¡Juanjooooo!, ¿Y dónde se metió ahora ese machango?. ¡Ayúdame con el justillo, que sola no puedo! 

Saco los pendientes de mi madre de la gaveta. Hoy me visto, aunque sea para no salir. Que la fiesta esa a la que no voy, me la hago yo aquí.»